La lluvia, ese implacable opositor

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Chubut se ha convertido en ese territorio donde la realidad incurre en la descortesía de desmentir al relato. Y lo hace sin asesores de comunicación, sin consultores expertos en el hook perfecto para TikTok. Le alcanza con llover.

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De un lado, el relato científicamente construido, el hashtag oportuno y la épica de la gestión. Del otro, veinte milímetros de agua.

El 12 de septiembre de 2025, Ignacio Torres anunció que Educación recibiría en 2026 un 40% más de presupuesto. Habló de un compromiso que excedía el piso legal del 25% y prometió «terminar de consolidar la transformación a nivel de infraestructura escolar», además de mejorar el mobiliario y la calidad académica.

La palabra transformación tiene una virtud extraordinaria: permite anunciar el futuro sin rendir demasiadas cuentas sobre el presente. En la política contemporánea, cada acto de gobierno aspira a ser histórico antes de que termine la conferencia de prensa. Los resultados, en cambio, conservan la desagradable costumbre de ser concretos.

Y entonces llovió.

Bastaron, según los registros difundidos, unos 20 milímetros para dejar a la Escuela N.º 20 en una situación que, a juzgar por las imágenes, compromete seriamente su funcionamiento. El episodio adquiere una ironía adicional: el establecimiento está a escasos metros de los despachos donde se administra el poder provincial.

No hablamos de una escuela perdida en algún paraje remoto de la meseta, lejos de las miradas oficiales. Hablamos de un edificio prácticamente bajo la nariz del Gobierno. Uno se pregunta: si esto ocurre en el centro del poder, ¿qué queda para las escuelas que no tienen el privilegio de convivir con los funcionarios?

La infraestructura no se transforma con discursos ni las filtraciones se reparan con campañas publicitarias. Se necesitan obras, mantenimiento, planificación y presupuesto ejecutado. Todo lo demás es escenografía.

Y hablando de dinero: ¿cuánto invierte realmente el Gobierno en infraestructura escolar y cuánto destina a publicidad? Si la comunicación institucional termina siendo más importante que las obras, tenemos un problema serio. Los anuncios pueden ser millonarios; lo que importa es que las escuelas sigan en pie cuando llueve.

También están los docentes. La transformación educativa resulta difícil de sostener cuando quienes deben llevarla adelante cobran salarios que, según los relevamientos difundidos, ubican a Chubut entre las provincias peor pagadoras del país. La calidad académica no se imprime en un folleto: necesita aulas dignas, recursos y trabajadores reconocidos.

La lluvia no tiene vocación opositora. No milita, no tuitea ni participa de operaciones políticas. Simplemente cae. Pero a veces consigue lo que no logra la oposición: obligar al Gobierno a dar explicaciones.

Queda, entonces, una pregunta sobre la reelección. ¿Para qué renovar un mandato: para profundizar un modelo cuyos resultados todavía deben demostrarse o para corregir aquello que los propios anuncios presentan como resuelto?

Porque hay una diferencia sustancial entre gobernar y comunicar que se gobierna. En el primer caso, las obras se terminan y las escuelas funcionan. En el segundo, se multiplican los eslóganes y cada anuncio aspira a convertirse en un acontecimiento histórico.

Hasta que llueve.

Y el agua, indiferente a los relatos y las estrategias digitales, termina mostrando lo que el discurso prefería mantener fuera de cuadro.

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