En una estación de servicio del centro de Rawson, el café es lo de menos. Lo que importa es la charla. Dos tipos, dos veredas políticas distintas, pero una misma sospecha: cuando la política habla de “ahorro”, casi nunca toca donde realmente duele.

—¿Escuchaste lo último de Ignacio Torres? —dice uno, apoyando el pocillo—. Ahora también tiró la de que concejales y diputados podrían ser ad honorem.
El otro larga una risa corta, seca.
—Mirá vos… a los funcionarios que él elige hay que pagarles. A los asesores de gabinete hay que pagarles. A toda esa estructura que nadie vota, hay que sostenerla. Ahora… a los concejales y diputados que pone la gente con el voto, gratis.
Silencio. De esos que pesan más que cualquier discurso.
—Yo pensé que era ingenuo —dice el peronista—. Pero no… esto es otra cosa. Es alguien que entiende bien cómo funciona la democracia… y decide por dónde empezar a vaciarla.
—O a disciplinarla —corrige el del PRO—. Porque ojo, esto de la “austeridad” suena lindo… pero siempre apunta al mismo lado: a los que representan, no a los que rodean el poder.
El murmullo de la estación sigue, pero la conversación ya es otra cosa.
—El problema no es ahorrar —insiste uno—. El problema es la selectividad. Porque es más fácil ajustar donde hay exposición que donde hay privilegios.
—Y además —agrega el otro—, ¿quién puede ser concejal o diputado sin cobrar? El que ya tiene plata. El que no la necesita. O el que responde a alguien que sí la tiene.
Otra pausa. Más incómoda.
—Es peligroso cuando alguien cree que sus ideas son las mejores —dice uno—. Pero es peor cuando gobierna convencido de que puede rediseñar las reglas sin mirar más allá de sus propios hombros.
—Y más peligroso todavía —remata el otro— cuando el ajuste se disfraza de ética, pero en realidad es un recorte selectivo de la democracia.
Se levantan. Pagan. Se van.
Porque mientras se discute cuánto cuesta la política, pocos se animan a discutir cuánto cuesta debilitarla.
Y en voz baja, casi como una advertencia, algunos ya empiezan a mirar con preocupación otra cosa: la intromisión de un poder sobre otro, el intento de marcarle la cancha a quienes deberían ser independientes.
Pero hay un silencio que hace más ruido que cualquier propuesta.
Nadie parece apurado en explicar por qué el gasto público no baja en el propio poder que se conduce, mientras se señalan con facilidad los costos de los demás.
Ahí, tal vez, está la verdadera discusión que todavía no se quiere dar.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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