Hay declaraciones de funcionarios que obligan a hacerse una pregunta elemental: ¿alguna vez recorrieron los lugares de los que hablan? Porque una cosa es administrar desde un escritorio y otra, bastante distinta, es conocer el territorio sobre el que se pretende opinar. En la gestión de Ignacio Torres, cada tanto aparece algún ejemplo que confirma esa sospecha.

Esta vez le tocó al abogado trelewense Andrés Arbeletche, uno de los nuevos preferidos del gobernador. Salió a cuestionar al intendente Damián Biss porque el Concejo Deliberante de la capital provincial gastaría bastante más que el de Esquel. La conclusión parecía sencilla: Rawson gasta demasiado y alguien tenía que decirlo.
El problema es que, para llegar a semejante conclusión, primero hay que comparar cosas comparables. Y ahí empieza el problema de Arbeletche.
Pretender medir el gasto de Rawson con la misma vara que el de Esquel, sin considerar las diferencias territoriales, poblacionales y funcionales entre ambas ciudades, es como comparar el presupuesto de un almacén con el de un supermercado y después sorprenderse porque las cuentas no dan iguales. Se puede hacer. Lo que no se puede es presentar el resultado como una demostración de eficiencia.
Empecemos por lo elemental: el territorio.
Rawson tiene una extensión de ejido municipal muy superior a la de Esquel, alrededor de 600 kilómetros cuadrados frente a unos 249 de la ciudad cordillerana. Es decir, una superficie que prácticamente duplica y media la de Esquel, con las obligaciones de infraestructura y servicios que eso supone.
Pero el territorio es apenas una parte de la historia. La otra es la población y, sobre todo, la velocidad con la que cambia.
Rawson no es solamente el casco urbano que muchos funcionarios parecen imaginar cuando hablan de la capital. Es también Playa Unión, es la zona de chacras, son los nuevos barrios y son sectores alejados que igualmente requieren servicios municipales. Y Playa Unión merece un capítulo aparte.
Hace tres décadas, unas 3.000 personas residían allí de manera permanente durante todo el año. Hoy, de acuerdo con las cifras mencionadas, esa población supera las 16.000. En otras palabras, Playa Unión multiplicó varias veces su cantidad de habitantes en apenas treinta años.
Ese crecimiento no se resuelve con discursos ni con una planilla de Excel. Hay que llevar agua, garantizar la recolección de residuos, sostener el alumbrado, mantener las calles y responder a las necesidades de una población que crece. Y hay que hacerlo todos los días, no solamente durante el verano, cuando la localidad se llena de visitantes y las demandas sobre los servicios se multiplican.
Por eso, desde la década de 1990, uno de los grandes desafíos de las distintas administraciones municipales de Rawson ha sido garantizar el abastecimiento de agua potable, especialmente durante la temporada estival. No es una cuestión ideológica. Es una consecuencia bastante concreta del crecimiento urbano.
Vayamos ahora a los electores. En el padrón de 2023, Rawson registraba 2.845 electores más que Esquel. Y hay otro dato que convendría no perder de vista: una parte de los nuevos residentes de Playa Unión, las playas del sur y la zona de chacras todavía conserva su domicilio electoral en Trelew.
El padrón, por lo tanto, no necesariamente refleja toda la población que efectivamente reside en Rawson. Las cifras que se manejan permiten sostener que la capital tiene una población residente considerablemente mayor que la de Esquel, con estimaciones que la ubican cerca de un 40% por encima. Pero el problema de fondo no desaparece: Rawson debe atender a una población que no se limita a la que aparece en una fotografía electoral.
Y falta una cuestión que suele olvidarse convenientemente: Rawson es la capital de Chubut.
De lunes a viernes, la ciudad recibe a miles de trabajadores estatales que llegan desde Trelew y otras localidades para cumplir funciones en la administración provincial. Se calcula que son más de 12.000 empleados públicos que se desplazan diariamente hacia la capital. Esa circulación tiene consecuencias sobre el tránsito, los residuos, los servicios y la infraestructura. Aunque esos trabajadores no residan en Rawson, la ciudad tiene que absorber buena parte del impacto cotidiano de su presencia.
Ahora bien, después de poner todos estos elementos sobre la mesa, volvamos a la pregunta original: ¿de verdad alguien puede pretender que Rawson funcione con los mismos costos que Esquel?
Si la respuesta es sí, hay dos posibilidades. O se desconocen las particularidades de la capital provincial o se las conoce perfectamente y se decide ignorarlas para construir una acusación política. No hace falta elegir cuál de las dos opciones resulta más preocupante.
Hay ejemplos que ayudan a entender de qué estamos hablando. A unos tres kilómetros del intercambiador de la Ruta Nacional 25 con la ruta hacia Comodoro Rivadavia, en dirección a Trelew, existe un barrio privado que se encuentra dentro del ejido de Rawson. Un detalle geográfico que parece menor hasta que alguien tiene que hacerse cargo de los servicios.
La Municipalidad de Rawson envía allí el camión recolector de residuos y debe garantizar, mediante el sistema de servicios correspondiente, prestaciones esenciales como el agua y la electricidad. Algo similar sucede en el extremo sur del ejido, en la zona de El Faro, a cerca de veinte kilómetros de distancia.
Veinte kilómetros.
No es una cifra decorativa. Son kilómetros que alguien debe recorrer, mantener y atender. Son servicios que cuestan dinero. Son obligaciones municipales que no desaparecen porque el lugar quede lejos del centro o porque resulte incómodo incluirlo en una comparación política.
El Estado municipal no puede decirle a un vecino que vive en el límite del ejido que se arregle solo porque su domicilio queda demasiado lejos. La obligación de prestar servicios no se suspende cuando termina el asfalto ni cuando se acaba la zona más poblada.
Y, sin embargo, todo eso parece desaparecer cuando se reduce la discusión a una comparación de gastos entre dos concejos deliberantes.
Por supuesto que el gasto público debe controlarse. Por supuesto que hay que exigir transparencia, eficiencia y rendición de cuentas. Ningún intendente está exento de esas obligaciones, tampoco Biss. Pero una cosa es controlar el uso de los recursos y otra, muy distinta, es seleccionar dos números, ignorar el contexto y presentarlos como prueba concluyente de una mala gestión.
La eficiencia no se mide mirando únicamente cuánto gasta un organismo. También hay que saber qué responsabilidades tiene, a cuántas personas debe atender, qué territorio cubre y qué servicios está obligado a garantizar. Sin esa información, la comparación puede ser llamativa, pero no necesariamente sirve para explicar nada.
Y aquí aparece la cuestión política.
Si Rawson recibiera el mismo trato preferencial que, según sus críticos, reciben Trelew o Puerto Madryn, dos municipios que mantienen una relación política más cercana con el gobernador, habría que discutir cuánto de sus dificultades responde a problemas propios y cuánto a la distribución de recursos y oportunidades dentro de la provincia.
Porque la capital no deja de ser capital cuando hay que repartir fondos. Tampoco deja de formar parte de Chubut cuando el intendente no integra el círculo de los aliados políticos del gobernador.
Conviene recordárselo a Ignacio Torres: Rawson es la ciudad donde, por mandato constitucional, debería tener su residencia el gobernador. Y, más allá de dónde viva efectivamente, es una ciudad que también forma parte de la provincia que gobierna.
Torres fue elegido para gobernar a todos los chubutenses. No solamente a los intendentes amigos, a los municipios políticamente convenientes o a quienes integran su círculo de confianza.
Gobernar una provincia no es premiar aliados y castigar adversarios. Tampoco es convertir cada diferencia administrativa en una oportunidad para una operación política. Gobernar supone entender que las necesidades de una ciudad no desaparecen porque su intendente pertenezca a otro espacio.
Finalmente, una recomendación para el señor Arbeletche: antes de salir a cuestionar públicamente una gestión, recorra un poco más el territorio sobre el que pretende dar lecciones. Mire dónde termina el ejido, dónde viven los vecinos, qué servicios hay que sostener y cuánto cuesta garantizar que el Estado llegue hasta el último barrio.
Después, si encuentra irregularidades, denúncielas. Con datos, con documentos y con argumentos.
Porque para hacer política con números alcanza con una calculadora. Para entender una ciudad hace falta algo bastante más difícil: conocerla.
Y para criticar una gestión pública sin hacer papelones, conviene empezar por lo más básico: saber de qué se está hablando.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.
Empezar conversación ahora