Café frente a Casa de Gobierno: cuatro miradas, una misma preocupación

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El ruido llega antes que la imagen.  Bombos.Cánticos.Silbatos.

Desde la mesa, pegada a la ventana, se ve cómo la movilización empieza a rodear la plaza frente a la Casa de Gobierno en Rawson. Docentes con guardapolvos, trabajadores de la salud con carteles, estatales levantando banderas improvisadas.

Café frente a Casa de Gobierno: cuatro miradas, una misma preocupación

Adentro, cuatro cafés.
Y cuatro miradas distintas.

—Esto no termina bien —dice el primero, sin despegar la vista de la calle.

El peronista. De los que conocen el pulso de la protesta.

—Esto ya lo vimos —agrega—. Arranca con docentes, se suma salud… y cuando querés acordar, tenés a toda la provincia en la calle.

El segundo, más alineado con el oficialismo, se acomoda en la silla.

—Pará un poco. El gobierno está pagando los sueldos en tiempo y forma. Eso antes no pasaba.

Silencio breve.
Los bombos se escuchan más fuerte.

El tercero, radical, interviene con media sonrisa.

—Sí, pero la política no es Excel. La gente no vive de que le paguen el día uno. Vive de que le alcance.

Desde afuera llega un grito:
“¡Salarios dignos!”

Nadie en la mesa hace comentario. No hace falta.

La calle manda señales

El cuarto, más , mira fijo la escena.

—¿Se dan cuenta de algo? —dice—. No hay nadie del gobierno acá.

Los otros tres miran hacia la plaza.

Y es cierto.Hay policías.Hay manifestantes.Hay tensión.Pero no hay conducción visible.

—Ese es el problema —dice el peronista—. Esto no es solo plata. Es política. ¿Quién está hablando con esta gente?

El oficialista responde, pero ya con menos convicción:

—Bueno… deben estar negociando.

—¿Dónde? —lo corta el radical—. Porque acá no. Y cuando la política no está en la calle, la calle se organiza sola.


El fantasma que vuelve

Un grupo de docentes pasa golpeando bombos más fuerte. Uno de ellos levanta un cartel: “No alcanza”.

El independiente vuelve a hablar:

—Esto se parece cada vez más a lo de Mariano Arcioni.

El oficialista niega con la cabeza.

—No es lo mismo.

—No, no es lo mismo —responde—. Antes no había plata. Ahora hay plata… pero no hay política.

La frase queda flotando en la mesa.


La soledad del poder

El peronista se inclina hacia adelante.

—Mirá… gobernar no es pagar sueldos. Es evitar que esta gente esté acá.

Señala la ventana.

—Cuando tenés docentes, médicos y estatales juntos… ya no es un conflicto sectorial. Es un problema político.

El radical asiente.

—Y además —agrega—, ¿dónde están los ministros? ¿Dónde están los diputados? ¿Dónde están los intendentes? Porque la gente está marchando en sus ciudades.

El oficialista mira el café. No responde.


Una sensación peligrosa

Afuera, los cánticos suben de tono. La marcha ya es masiva.

El independiente habla más bajo, casi como una conclusión:

—Hay algo peor que el conflicto…

Los otros lo miran.

—…la sensación de que nadie está a cargo.

Silencio. Largo. Pesado.


La pregunta que nadie quiere responder

El peronista rompe la pausa:

—Esto, si no lo agarran políticamente ya… termina mal.

El radical suma:

—O peor: se les va de las manos.

El oficialista, ahora sin argumentos, solo dice:

—Hay que ver qué hace el gobernador.

Desde la ventana, la Casa de Gobierno parece lejana. Cercada por la protesta.

El independiente da el último sorbo al café y tira la frase final:

—Sí… la pregunta es si el gobernador está gobernando…
o si el conflicto ya empezó a gobernar a él.

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