La Mesa de la Reflexión

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Como siempre en esas hermosas mañanas en la Capital de la Provincia, una vez mas

La Mesa de la Reflexión

Se encontraban en esa confitería que ha sido testigo de innumerables reuniones políticas, acuerdos secretos y promesas públicas en el corazón de la ciudad. Sus paredes, ya cansadas, parecían escuchar con atención el lamento de quienes, en otro tiempo, llenaron sus locales de fervor militante. El aroma a café recién hecho y a medialunas recién horneadas se mezclaba con el aire cargado de una frustración compartida.

El silencio fue roto por el denominado en esta Reunión como “El Compañero», quien golpeó la mesa con un dedo. “¿Se dan cuenta, muchachos? ¡La gente no va a votar! Es como si a nadie le importara ya.

El denominado «Correligionario» suspiró, mirando el vapor de su taza. “Es la falta de representatividad. ¿Cómo esperas que la gente se sienta parte cuando los partidos políticos, como los conocíamos, son apenas fantasmas? Los dirigentes se mueven como si fueran piezas de ajedrez sin tablero, cambiando de camiseta de un día para otro sin sonrojarse.”

El “Flaco”, asintió con amargura. “Es la peor traición. Antes, un afiliado significaba algo. Hoy, un acuerdo se cierra entre dos o tres tipos, a puertas cerradas, sin gente, sin militancia. Esos ‘dirigentes’ no representan a nadie más que a sus propios intereses. Es casi cómico cómo, de repente, el que era acérrimo defensor de una idea, ahora es el más ferviente impulsor de la contraria.”

EL denominado «Vecino», que hasta entonces había escuchado en silencio, intervino con voz pausada pero firme. “Lo más triste es que muchos de esos dirigentes que parecían tan aguerridos, que decían luchar por el pueblo… simplemente se dejaron comprar. No hubo un solo grito, no hubo resistencia. Se rindieron ante el primer comentario en contra, no se aguantan una tapa de diario. ¿Dónde quedó la lucha por la gente, por los ideales, por los afiliados que los llevaron hasta ahí?”

“Se diluyó, Compañero”, sentenció el ultimo de los participante de la mesa, con resignación. “Se diluyó en el pragmatismo, en la búsqueda del poder por el poder mismo. Es como si el espíritu de la política, ese que movilizaba multitudes, hubiera muerto. Y nosotros, que fuimos parte de eso, no supimos o no pudimos evitarlo.”

Y ni hablar de la soberbia de los nuevos,” “Llegan creyéndose dueños de la verdad, porque son ‘jóvenes’  Piensan que pueden pasar por encima de cualquiera, que tienen la fórmula mágica para todo. Como si la experiencia y la historia de esta Provincia valieran nada. Te miran por encima del hombro, con ese aire de superioridad, como si todo comenzara cuando llegan ellos.”

El silencio volvió a instalarse, más pesado esta vez. La mañana y las sombras de la confitería parecían extenderse sobre la mesa, envolviendo a esos cuatro amigos que, en su momento, fueron parte de una esperanza para la ciudad de Rawson. Ahora, solo les quedaba la amargura de la desilusión y la incómoda verdad de que, de alguna manera, la política había perdido el alma, y con ella, a gran parte de su gente.

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